ESCRITOS & POEMAS

 

 

El Llanto de María

 

 

El llanto de María José se escuchaba en toda la casa. Sus padres estaban sentados en la cocina sin saber como actuar. Y era lógico que no supieran que hacer, ya que al haber guardado el secreto durante tanto tiempo, habían olvidado planear como le dirían la verdad. En realidad, habían llegado a creer que no sería necesario revelar aquel secreto. ¿Cómo iban a imaginar que ella lo descubriría por si sola?

 

María José había sido siempre una chica muy jovial; muy despierta para sus 17 años. Le encantaba salir con sus amigos, y solía ser la voz consciente del grupo. Sus padres sabían que su hija era de fiar. Su vida transcurría como la cualquier adolescente de su edad, hasta el día en el que tuvo aquel accidente.

El choque no fue demasiado grave en si mismo. Su novio Alejandro, era quien conducía, pero de ningún modo se podía decir que él era el culpable. El otro conductor estaba borracho, y se había empecinado en circular del lado contrario del camino. Ambos jóvenes fueron hospitalizados. Alejandro estaba inconciente, pero ella podía escucharlo todo.

Había perdido bastante sangre a causa del profundo corte que tenía en la pierna. Sin embargo, los médicos decían que se iba a recuperar por completo. Necesitaba una transfusión sanguínea, así que los médicos se acercaron a su familia para pedir donantes, ya que su grupo, era uno de los más inusuales que existen: el denominado "0" negativo. Lo extraño fue lo que escuchó decir a uno de los doctores un rato más tarde: Ninguno de sus padres compartía ni su grupo, ni su factor. En ese momento, estaba demasiado débil como para hacer preguntas; tanto que pocos instantes después ella también perdió el conocimiento.

Despertó varias horas más tarde. Se encontraba en una cama de terapia intermedia, cuidada por sus padres. Levantó la vista y pudo verlos a ambos, estaban dormidos en el sillón de la habitación.

Les preguntó por su novio. Sus padres le aseguraron que él estaba bien, y le pidieron que descansara. Ella accedió; en ese momento, no tuvo el valor de preguntarles nada. Así pasó una semana. El mismo día, Alejandro y ella fueron dados de alta. María José estaba bastante rara y Alejandro estaba comenzando a preocuparse. Fue recién un día más tarde que él se animó a preguntarle que era lo que pasaba.

La respuesta de ella le resultó aún más preocupante. En un primer momento, quiso convencerla de que seguramente, había escuchado mal a causa de la perdida de sangre. Pero la insistencia de ella, y  el hecho de que realmente su tipo sanguíneo era extremadamente raro, le hicieron comprender que su chica tenía razón. Había algo muy raro.

 

Fue él quien puso manos a la obra y comenzó a investigar. Así supo, luego de hacer ciertas averiguaciones, que había un modo relativamente fácil de saber lo que querían: revisar la partida de nacimiento de ella. ¿Había alguna clase de inscripción al margen? Cuando el se lo planteó, ella se percató de una cosa. Se dio cuenta de que en realidad, jamás había visto su partida de nacimiento. Al menos no en detalle falta. Además, su madre guardaba esa clase de papeles, como si se tratara de un tesoro nacional...

Decidió que en cuanto tuviera la oportunidad, le daría una hojeada a su partida de nacimiento.

 

Pasaron varios días más, y la oportunidad de revisar los papeles en la pieza de sus padres no aparecía. Hasta que finalmente, un día su madre se fue de la casa, asegurando que volvería tarde. María José no quiso perder tiempo, y raudamente se dirigió a la pieza. Los armarios estaban todos cerrados con llave, pero ella ya había tomado los recaudos necesarios, y había tomado la llave que su mama llevaba siempre en su cartera. Jamás había entendido porque mantenían aquellas puertas cerradas, pero creía que estaba por descubrirlo.

En un rincón en el fondo del armario, encontró una caja color ámbar, repleta de papeles. Estaba segura que lo que buscaba esta allí, así que vació el contenido sobre la cama y empezó a leer. Allí había de todo, desde un comprobante por la compra de un sillón veinte años antes, hasta el certificado del curso de operación de grúas que su papá había sacado dos o tres años antes; pero aparentemente, la partida de nacimiento no estaba allí.

Ya estaba a punto de desistir, cuando recordó otro lugar donde solían guardar esa clase de cosas: En el fondo del placar, habían practicado un corte en la madera y colocado una pequeña caja de seguridad oculta. Ella sabía que sus padres no eran muy avispados en cuanto a la tecnología, así que confió en que jamás hubieran cambiado la combinación de fábrica. E increíblemente, jamás lo habían hecho. Digitó los cinco dígitos y esperó que la puerta abriera. En su interior halló lo que buscaba.

La idea era que ellos no se enteraran que había estado revisando, así que valiéndose del multifunción de la PC, hizo dos copias. Tomó el original y volvió a dejarlo en su lugar. Lo mismo hizo con los demás papeles que había revisado. Terminó justo a tiempo para sentarse en el sillón del comedor, segundos antes de que su madre entrara por la puerta de la cocina.

 

Los días que sucedieron a aquel, fueron interminables para María José. Había revisado la partida de principio a fin, pero lo único extraño que había encontrado fue una referencia a la hoja y el folio de la partida original, y un numero que ella no entendía. Fue su novio Alejandro, que entendía algo sobre papeles legales, quien le explicó finalmente lo que decía allí.

Revisó la partida de arriba a abajo, y advirtió algo que su novia no había visto. La partida estaba fechada dos años después de su nacimiento. Según él, eso solo podía significar una cosa: ella había sido adoptada.

A esas alturas, María ya no tenía dudas, pero no se sentía con la fuerza suficiente, como para enfrentar a sus padres ella sola. Fue por eso que les pidió a Alejandro y a su mejor amiga Verónica que al día siguiente, la acompañaran a su casa luego de clases...

 

Entraron por la cocina. Sus padres estaban allí sentados tomando unos mates. Le tomó aún unos minutos más, pero finalmente reunión el valor suficiente para hablar. Estaba allí sentada, con la cabeza inclinada hacia abajo cuando les espetó:

- Se que soy adoptada. Lo descubrí todo.- les dijo, mientras luchaba porque sus piernas dejaran de temblar como gelatina.

Sus padres la miraron con los ojos desorbitados. No podían creer que su "bebe", hubiera descubierto la verdad. Realmente no se molestaron en tratar de fingir, decirle que estaba equivocada; por el contrario, le pidieron perdón. Le dijeron que la habían adoptado, y que sino se lo habían dicho, era por que jamás habían podido reunir el valor para hacerlo. María José, se levantó llorando de la mesa, y salió corriendo hacia su cuarto. Allí quedaron entonces, sentados a la mesa, sus padres, Alejandro y Verónica, mirándose entre si en el más absoluto de los silencios, y sin saber que hacer o que decir.

 

El mundo de María, lo que siempre había creído era la historia de su origen, acababa de derrumbarse por completo, y de repente sintió que había perdido una parte de su identidad; desconocía su origen. Ya vendría más adelante la posibilidad de investigar, y tal vez comprender lo que había pasado entre aquel día en que había llegado al mundo, y aquel otro en el que sus padres la habían adoptado. Pero en ese momento, ella se sentía desolada. Lloraba desconsoladamente

Mientras en aquella cocina, sus padres lamentaban no haber tenido el valor suficiente, para no lastimar de ese modo, a la persona que ellos amaban más que a ninguna otra en el mundo...

 

 

Adrián Libonatti

 

http://usinadehistorias.blogspot.com/

 

 

 

Poesía para el ser amado que busca de su Identidad Biológica

 

HOY POR VOS

 

Te veo, te siento, te sufro

A veces sin que te des cuenta te miro de lejos

Y hoy mas que nunca puedo ver tu tristeza

 

A veces me roe por dentro esta impotencia

de no poder darte respuestas

y no tener a quien robárselas.

 

Con tu ilusión de niño salís a vida

a pelear un destino y buscar tu camino.

En el silencio escucho las preguntas

que te haces  a vos mismo

como buscando una excusa

 

Parece mentira que nadie te vea desgarrar de dolor.

Parece mentira  que siendo un ser humano tan hermoso te nieguen quien sos.

 

Hoy,  son tus ojos una gran incógnita y pareciera que hasta tus manos perdieron su historia.

Hoy,  tenes la tristeza de un niño, que aún amado, se sabe olvidado.

Hoy,  te prometo luchar a tu lado para que tu tristeza, tu dolor y desesperanza lo compartas conmigo.

Hoy,  te prometo prestarte mi alma para que de ella tomes las fuerzas que a veces sentís acabadas.

Hoy te prometo mi amor, que aunque parece que todos a tu alrededor no te ven sufrir, cada uno de ellos sabrá de tu dolor y desesperación, y a cada uno le voy a robar una verdad, solo,...  para regalártela.

 

Para vos mi amor, porque te robaron la alegría pero no te van a robar la vida.

 

                                                                                                                         Carito.

 

 

 

FOTOGRÁFICOS

 

La búsqueda comenzó, tal vez, poco antes de cumplir los diecisiete años. Unas cuantas cartas en papel de seda y una vieja tarjeta postal color sepia y arrugadas. “carte postalle della unione postalle universalle”, fechada en Bs. As., 28/5/925. “Reciba este fotográfico como recuerdo del original”, firmada A. Rastrelli y sus dos hijitas. Dirigida a Rua Dos Santos, Barbosa 589, Porto Allegre, Brasil. El ilegible destinatario brasileño se había hundido en las lágrimas y el tiempo.

La tarjeta mostraba a una abuela muy joven, irreconocible, de unos 26 años, pero esas dos pequeñas niñas tontas no parecían tías de nadie. Faltaba allí mi madre, nacida un año antes y el apellido Calvi de mi abuelo.

 

No empezó como búsqueda sino como  sorpresa. No tanto por el turbio apellido usado por la abuela, como por la ausencia de referencias familiares acerca de este llorado e ignorado portugués.

 

Releí de memoria las cartas. Podría decirse que la vida de mi abuela o se reducía a estar bien y mandar atentos saludos, o no sucedía en las cartas. Ni una sola mención a mi madre aunque si a mis tías me sorprendió todavía más. ¿Cómo puede alguien comenzar su historia con tanto silencio?

 

Buscar información en las desmemoriadas confesiones de mi madre aumentó aún más mi intriga. Llegó a negar la existencia de la fotografía, aduciendo que mi abuela no había podido nunca aprender portugués y que como la firmaba una tal Rastrelli, obviamente esa fotografía no pertenecía a la familia. Llegó a negar la realidad de las cartas porque ella no estaba nombrada, incluso propuso no recordar a la abuela por cartas sino por anécdotas. Las cortinas que cosió durante toda la noche de la navidad del ´30 o la jalea de membrillo que preparaba en el invierno. Abnegada y analfabeta abuela recortada para tranquilidad de mi madre.

La indagación a mis tías no tuvo mejores resultados. Ellas, decididamente, no recordaban nada anterior a 1948. Ni siquiera se reconocieron en la fotografía misteriosa.

 

Durante nueve años, olvidé aquel silencio y dejé que mi vida transcurriera abnegada y previsiblemente, sin estampados epistolares que me perturbaran, para satisfacción de mi madre y aprobación de mi padre. Pero en una patriótica tarde de mayo un sorpresivo viaje me llevó a Porto Alegre por unos días. Y volví a recordar, con dos hijas a cuestas y una reserva de hotel por setenta y dos horas, aquella santa y barbuda dirección.

Encontré la calle en el barrio antiguo, al sur de la autopista y del centro comercial. En el 589, una puerta despintada y agusanada no alcanzaba a velar por la intimidad de las habitaciones que pretendía encerrar. Di tres vueltas manzanas antes de animarme a llamar. Casi al instante una nena de trenzas y muñeca me vino a abrir y sin demasiadas preguntas llamó a su mamá, Nunca antes me había sentido tan acabadamente extranjera como en ese momento, pero la mujer, creyendo reconocerme, me hizo pasar. Adentro, la casa no se veía muy organizada. Las puertas se sucedían sin orden alguno por las paredes y más de una vez, daban a la misma habitación. Después de ofrecerme un café, ella dijo saber para que la había visitado. Dijo que su abuelo le había advertido de la posibilidad de esta visita y que desde niña había programado las palabras, los gestos y las postales que debía ofrecerme. Ante tanta predeterminación, defensivamente olvidé mi curso acelerado de portugués y sólo contestaba yo no comprendo. Mi repentino olvido no perturbó a la mujer, quien después del café fue a su cuarto y rápidamente regresó con una caja llena de fotos y recuerdos.

Usted vino por esta postal, me dijo sonriente, mientras me entregaba un sobre de cartón con una fotografía idéntica a la que yo tenía en Buenos Aires. Muchos años esperándola continuó sin intentar explicarme nada.

 

Bastante intranquila, comencé a revolver las fotografías de la caja que me habían ofrecido. Reconocí a mi abuela a los quince años, en otra a mi abuela y mi mamá recién nacida. Mi mamá y mi abuelo Calvi, mis tías estudiando piano. Mi mamá en la plaza, mi abuela a los cincuenta años, mi mamá embarazada, el casamiento de mi madre, mis padres conmigo en brazos, mi bautismo, mi primera comunión y cada uno de los santos sacramentos que recibí, mis dos hijas, mi inscripción en el curso de portugués, mi viaje en el asiento quince del vuelo de la noche, mi recorrido en taxi buscando la Rua Dos Santos Barbosa, mi espera en la puerta del 589, mi mano revolviendo el café sin azúcar, mi boca balbuceando en castellano mi olvido del portugués, mis piernas sosteniendo la caja con las fotografías, mi viaje de regreso a Bs. As. en el avión de las 09.30, mi visita al geriátrico para interrogar a mi mamá, mi mamá tratando de excusarse por su falta de memoria, mis tías negando la existencia de Brasil, mis hijas llorando en el velorio de la abuela y mis ojos operados de cataratas y mi corazón bombeando con esfuerzo y mi cadáver velado en secreto y mi tumba visitada por mis nietas.

 

Tiré la caja al suelo, sin decidirme a romper las fotografías y regresé al hotel. A la mañana siguiente tomé el primer vuelo para Buenos Aires. Después de visitar a mamá en el geriátrico, comprendí que mis tías tenían razón. Yo jamás viajé a Porto Alegre.

 

Aida Lauga – octubre 1999

 

 

MUJER LLENA DE SILENCIOS

 

Mujer, llena de silencios,
que nunca quieres hablar,
que te guardas siempre dentro
lo que quisieras gritar.

Mujer, llena de silencios,
dile a alguien tu verdad,
cuéntale tu vida a ése,
al que te quiera escuchar.

Mujer, llena de silencios,
de vida con soledad,
deja a un lado los recuerdos
y empieza a vivir sin más.

El presente es todo tuyo
el futuro Dios dirá.
Pero cuéntaselo a alguien
y no te lo calles más.

Que contándolo caminas,
y más fácil te será
encontrar a esa persona 
que buscando siempre estás.

Mujer, llena de silencios,
empieza hoy a gritar.

 

                                                                                     PABLO NERUDA

 

PARA TI, MADRE...

 

 

Mujer maravillosa, de fragilidad aparente y fortaleza total, duende del arrullo para dejar de llorar.

Angel protector en mi vida terrena; vigía eterna de mis dolencias, en noches de infancia y malestar.

Dios te cruzó en mi camino, para que aprendiera a amar, y para forjarte el alma, que me ibas a dejar.

Relatos para dormir; alegrías para crecer; consejos y retos para aprender, y mucho amor para entender.

Estoy que soy ahora, te lo quiero agradecer; de ti aprendí de entrega, de amor desinteresado; de dolor compartido, de días soleados, de noches estrelladas, y de un corazón enorme para amar sin condición.

 

Donde estés madre querida, se que mis palabras te llegarán; brotan de mi alma descarnada, por ya no tenerte más.

Siempre estarás a mi lado; nadie  cabe en tu lugar.

Madre querida, ya no cargas la mochila de tu temor maternal, yo te ayudé a descargarla para que descanses en paz.

 

                                                                                                                                              Patricia Mónica Peña.